El modelo productivo
imperante en nuestro país es funcional a un sistema económico
cuyo motor es la búsqueda del lucro privado. Profundiza los
procesos de exclusión social, compromete la preservación
y la disponibilidad futura de los recursos naturales y no responde
a las necesidades de desarrollo individual y colectivo –entendidos
en sentido amplio- de sus habitantes.
La socialización
de las consecuencias de la actividad privada sobre los recursos naturales
no tiene una contraparte en la socialización de los beneficios
económicos que son apropiados por las empresas. Nuestros ecosistemas
–marítimos, fluviales, praderas, montes- albergan una
gran diversidad de recursos que son patrimonio de la sociedad en su
conjunto. Los emprendimientos privados, librados a su propia lógica,
son incapaces de asegurar una distribución justa de esa riqueza.
Cuando las empresas transnacionales se convierten en las propietarias
de nuestros territorios y recursos productivos aumenta la injusticia
distributiva y se pierde soberanía. Actualmente el 25% del
territorio nacional cultivado es propiedad de extranjeros. Procesos
similares de concentración y dependencia se dan en muchas otras
esferas de la vida del país.
Entendemos que
es el Estado quien debe asegurar el uso de los recursos naturales
en función del interés colectivo, mediante –entre
otras cosas- una verdadera Política de Ordenamiento Territorial.
No entendemos el Ordenamiento Territorial como una mera compartimentación
del territorio en áreas “degradables”, “museos
vivientes” y vías de transporte para el comercio transnacional,
sino como objeto de Políticas de planificación y estímulo
a modos de producción sustentables de por sí que eventualmente
se plasmen en leyes.
Si bien debe nutrirse
de saberes técnicos y académicos, la planificación
de ese ordenamiento responde sobre todo a definiciones políticas.
Es por ello que deben de existir instancias colectivas de discusión
y reflexión en torno a los principios que deben guiar el uso
de los recursos naturales en función del interés colectivo.
Las posibilidades de avanzar en la construcción de una sociedad
que responda a las necesidades de desarrollo individual y colectivo
pasa también por asumir Políticas de Ordenamiento Territorial
que tengan ese fin.
Hacemos hincapié
en el carácter colectivo que debe tener la elaboración
en las Políticas de Ordenamiento Territorial, no solamente
porque sus implicaciones ameriten un proceso democrático, sino
también porque los factores y procesos a tener en cuenta son
tantos que difícilmente se pueda abordar la temática
sin una diversidad de perspectivas y experiencias.
RAP-AL Uruguay,
como organización que trabaja por la eliminación del
uso de agrotóxicos (*) entiende
que el mismo es indisociable de un modo de producción basado
en el monocultivo a gran escala. No puede haber producción
sustentable si hay uso de agrotóxicos y no puede haber monocultivos
sin hacer uso de los mismos. A ese uso indisociable de agrotóxicos
se deben añadir otras características que hacen al monocultivo
a gran escala un modo de producción incompatible con la sustentabilidad.
En ese sentido podemos señalar: el aumento del control sobre
la producción mundial de alimentos por parte de las grandes
transnacionales semilleras, la pérdida de soberanía
alimentaria de los pueblos y la destrucción de los mecanismos
de control biológico que sustentan la biodiversidad. Generalmente
también aceleran procesos de latifundización y extranjerización
de la tierra.
A estos factores,
que socavan cualquier intento de avanzar por el camino de la sustentabilidad
se le agregan, la expansión del uso de cultivos genéticamente
manipulados (**) y la apuesta a
la producción de agrocombustibles (***)
Los cultivos genéticamente
manipulados además de implicar todos los riesgos intrínsecos
a cualquier monocultivo, acarrean otros propios de su carácter.
Son prácticamente imposibles de prever los efectos de la abrupta
y masiva aparición de organismos portadores de características
genéticas ajenas a su naturaleza en el equilibrio dinámico
que sustenta todo ecosistema, así como los efectos sobre la
salud humana de su consumo masivo directo o indirecto.
Por el apuntalamiento
de un modelo basado en grandes monocultivos, el uso indisociable de
agrotóxicos, y la generación inevitable de contaminación
genética y “supermalezas”, esta tecnología,
en manos de las grandes transnacionales de los agronegocios, socava
las propias bases de la biodiversidad, patrimonio de todos y cada
uno de los habitantes del planeta y verdadera salvaguarda de una real
sustentabilidad.
Los agrocombustibles
son una nueva apuesta de la industria. Su avance enfrenta objeciones
de todo tipo desde puntos de vista sociales, económicos y ambientales.
Uno de los peligros intrínsecos a esta nueva “solución”
que nos propone la industria, es que viene de la mano de la expansión
de los monocultivos, en particular transgénicos. Nuevamente,
nos encontramos frente a un proceso que potencia todos los riesgos
del monocultivo y abona el terreno para nuevas y más profundas
formas de dependencia.
Entendemos que
frente a la consolidación de este modelo de producción
basado en el monocultivo, un camino posible es la apuesta a la agricultura
agroecológica – orgánica. Un modo de producción
que, por definición, se ajusta a la escala humana, hace un
uso sustentable de los recursos naturales y escapa a diversas formas
de dependencia (económica, tecnológica, cultural). Un
modo de producción que no entra en contradicción y que
por el contrario puede apuntalar un modelo de desarrollo que realmente
busque responder a las necesidades de desarrollo individual y colectivo
del ser humano.
(*)
Según datos oficiales, entre 1999 y 2005 se triplicó
la importación de herbicidas y se duplicó la de insecticidas
y funguicidas.
(*
*) Los Cultivos Genéticamente Manipulados no son solamente
los cultivos transgénicos. Caen también dentro de esta
categoría cultivos manipulados con “técnicas modernas
de mejoramiento vegetal” .
(***) En países como Uruguay, que están apostando fuerte
a la producción de agrocombustibles pero que aun no se han
abierto del todo a los transgénicos, los sistemas “Clearfield”
(no transgénicos pero si genéticamente manipulados)
vienen “como anillo al dedo”.