Soberanía y seguridad alimentaria: ¿todavía las tenemos?

La soberanía alimentaria es uno de los pilares fundamentales de la soberanía de los pueblos y las naciones. Es el derecho de cada nación para mantener y desarrollar su propia capacidad para producir los alimentos básicos de los pueblos.

La soberanía alimentaria implica la capacidad de determinar el abastecimiento de alimentos para la población a partir de una producción local y nacional, respetando la diversidad productiva y cultural.

La defensa de la soberanía alimentaria se traduce en la capacidad de autoabastecimiento, primero de la unidad familiar, luego de la localidad y por último del país, mediante el control del proceso productivo, de manera autónoma.

Para garantizar la soberanía alimentaria, es necesario que haya una promoción y recuperación de las prácticas y tecnologías tradicionales, que aseguren la conservación de la biodiversidad y la protección de la producción local y nacional. También es importante garantizar el acceso al agua, la tierra, los recursos genéticos y los mercados justos y equitativos con el apoyo gubernamental y de la sociedad en su conjunto.

La alimentación como un derecho básico

La alimentación es un derecho humano básico. Todos y cada uno deben tener acceso a alimentos sanos, nutritivos y culturalmente apropiados, en cantidad y calidad suficiente para llevar una vida sana y completa. Cada país debe declarar el derecho de acceder a estos y garantizar el desarrollo del sector que los produce -los productores agropecuarios- con el objetivo de asegurar este derecho fundamental.

El derecho a la alimentación únicamente puede garantizarse, en un sistema donde un país pueda mantener y desarrollar su propia capacidad para producir los alimentos básicos.

El libre comercio y las políticas mundiales de globalización han internacionalizado el hambre y la pobreza en el mundo y están destruyendo la capacidad productiva local y las sociedades rurales, sin tomar en cuenta la seguridad alimentaria de los pueblos. Se trata de un sistema económico que amenaza tanto a la naturaleza como al ser humano, con el único fin de generar ganancias para unos pocos. A los campesinos y pequeños productores se les niega el acceso y control de la tierra, el agua, las semillas y los recursos naturales.

Uruguay: cada vez menos soberano

La pérdida de nuestra soberanía empezó con la implementación de la revolución verde en los años 50. Las semillas locales fueron sustituidas por semillas híbridas y éstas estuvieron acompañadas por un paquete tecnológico que obligó a los productores a perder cada año sus semillas y a utilizar grandes cantidades de insumos externos (fertilizantes químicos, agrotóxicos) y maquinarias, trayendo consigo una destrucción del medio ambiente (suelo, flora, fauna) y la pérdida paulatina de la semilla, elemento básico de la soberanía alimentaria.

Se podría decir que Uruguay tiene soberanía en la ganadería pero no en la agricultura, donde la ha ido perdiendo poco a poco.

En los últimos años, muchas han sido las amenazas contra nuestra soberanía alimentaria. Esto ha sido a través de la extranjerización de la tierra, utilización de amplias áreas de tierra para monocultivos de eucaliptos y pinos, y en los años recientes la introducción de los cultivos transgénicos (soja y maíz) acompañada de sus respectivos agrotóxicos. Como resultado, día a día se acrecienta la incapacidad de nuestro país de producir los alimentos sanos que la gente necesita y además trayendo consigo un uso masivo de agrotóxicos que contaminan aguas, suelos y la salud de la gente.

En el marco de la deuda externa acumulada por el país, nos vemos obligados a producir más para la exportación (tanto productos alimenticios como industriales), e importar todos aquellos alimentos que se dejan de producir para dar lugar a monocultivos de árboles o de transgénicos.

Poco a poco, nuestro país ha empezado a dejar de producir para el consumo interno, y se prevé que en el futuro, cada país producirá aquello para lo que es más eficiente (en términos de costos), e importará todo lo demás. Esto significa que estamos poniendo en manos de los importadores una de las actividades más esenciales de los seres vivos, que es la alimentación.

Seguridad alimentaria en caída

Con respecto a la seguridad alimentaria, Uruguay produce alimentos más que suficientes para alimentar a toda su población. Sin embargo en la práctica el 56% de los niños están viviendo bajo la línea de la pobreza y aumentan los niveles de desnutrición. Esto quiere decir que no todos los uruguayos pueden acceder a los alimentos, pero no porque estos sean insuficientes, sino por no existir una distribución justa de los mismos. Mientras se exportan miles de toneladas de carne, por ejemplo, la gente no dispone de recursos para acceder a esa misma carne.

Con la introducción de los cultivos transgénicos se pierde tanto la soberanía como la seguridad alimentaria, ya que a través de ellos unas pocas empresas transnacionales pasan a controlar la actividad más vital del ser humano: el alimentarse. Esto ocurre porque sobre esas semillas transgénicas se reconocen los derechos de propiedad intelectual de las empresas que las producen y se venden atadas a un paquete tecnológico, que incluye tanto la semilla como los agrotóxicos que se deben usar para que se puedan desarrollar.

Además, los impactos de las semillas transgénicas se pueden traducir en impactos sobre la salud humana, en contaminación genética de cultivos orgánicos o convencionales, en contaminación de especies emparentadas y pérdida del control sobre las semillas, no permitiendo el libre intercambio de éstas entre los agricultores. En pocas palabras, las empresas transnacionales productoras de las semillas pasan a controlar la vida. Los pueblos pierden así no sólo la seguridad de poder producir alimentos, sino que además el proceso resulta en la destrucción ambiental, en la pérdida de una gran diversidad de semillas tradicionales y en impactos sobre la propia salud de la gente

El camino a seguir

Por esa razón, es necesario destacar la importancia de proteger las semillas tradicionales y buscar alternativas viables para su producción, así como la necesidad de organizar una oposición tajante frente a los cultivos transgénicos y a los monocultivos, ya sean forestales o agrícolas, ya que en la mayoría de los casos implican además la extranjerización de la tierra y por lo tanto atentan contra la seguridad y soberanía alimentaria.

La importancia de proteger la semilla y buscar alternativas viables para su producción se basa en una agricultura libre de transgénicos y libre de agrotóxicos y sustentable para quien cultiva la tierra. Por lo tanto, los monocultivos forestales y los monocultivos agrícolas orientados a la exportación (transgénicos o incluso convencionales) no entran dentro de este modelo, ya que afectan tanto la soberanía como la seguridad alimentaria.

La responsabilidad de la seguridad alimentaria está en manos de los productores, ya que son ellos quienes producen los alimentos y los encargados de cuidar el medio ambiente de tal forma que se asegure la disponibilidad de alimentos para la presente y las generaciones futuras. En ese contexto, es importante resaltar el papel que debe tener el estado en apoyar una agricultura respetuosa con el medio ambiente y sustentable para quien la ejerce y el papel que nos compete a todos los ciudadanos en asegurar que ello se lleve a cabo.

RAPAL Uruguay - Setiembre 2005