Terminator
ataca de nuevo
Aunque tiene una patente sobre toda la soya transgénica, Monsanto
está desesperada por aplicar esta tecnología, ya que no
puede controlar que los agricultores no reproduzcan su soya patentada,
sobre todo en Argentina, donde solamente 18 por ciento de los agricultores
le pagan regalías. El resto ve en Terminator una "patente
biológica sin fecha de expiración". Y nuevamente
está al ataque
Uno de los sueños más caros para las trasnacionales semilleras
del mundo es que los agricultores tengan que comprar semillas nuevas
cada ciclo. Es parte del raciocinio ya desde la producción de
híbridos, que sólo tienen buen rendimiento en la primera
cosecha, obligando al agricultor a comprar nuevas si quieren conservar
la producción. Pero algunos cultivos, como la soya, aun siendo
"mejorados" se pueden volver a plantar en la próxima
cosecha y conservan el rendimiento.
Además, para fastidio de las trasnacionales, la cuarta parte
de la población mundial, más de mil 400 millones de pequeños
agricultores y campesinos en el orbe, usan y conservan sus propias semillas,
por fuera de este negocio, enojosa situación a la que habría
que poner remedio. Por eso Monsanto, mediante una de las compañías
de la que era copropietaria, Delta & Pine Land (D&P) -actualmente
una de las 10 semilleras más grandes del planeta y la mayor en
semillas de algodón-, emprendió una investigación
con la Secretaría de Agricultura de Estados Unidos (USDA, por
sus siglas en inglés) para producir semillas que los agricultores
no pudieran replantar.
En 1998 Monsanto-Delta&Pine obtuvieron la patente US 5 723 765 para
producir semillas suicidas. El Grupo ETC (entonces llamado RAFI) la
descubrió y denunció a escala mundial, y denominó
Terminator a esa tecnología.
Hoy día la mayoría de las más grandes empresas
productoras de transgénicos (Syngenta -por medio de Novartis
y AstraZeneca-, DuPont, BASF) detentan patentes de ese tipo.
Terminator es una tecnología transgénica, una construcción
de varios genes que reaccionan en cadena al ser activados por un detonador
externo, químico u de otro tipo, para producir esterilidad en
la segunda generación. Nadie compraría semillas que fueran
estériles desde el comienzo, por eso se ideó una manera
de que crecieran y formaran una nueva semilla que no pueda volver a
germinar. Esta reacción de genes en cadena puede producir esterilidad
u otras características. Por ejemplo, AstraZeneca (ahora de Syngenta)
patentó esa tecnología, que además hace que la
planta debilite sus defensas naturales si no se le aplican agrotóxicos
durante el crecimiento.
Al principio D&P declaraba en su propaganda que con Terminator -a
la que llama sistema de protección de la tecnología- por
fin podría liberar a los campesinos de sus "viejas"
semillas para meterlos definitivamente en la modernidad. La USDA esperaba
que la tecnología "se licenciara ampliamente, aumentando
el valor de las semillas patentadas de compañías estadunidenses,
y abriendo mercados en el tercer mundo".
Una ola de organizaciones de campesinos, agricultores y de la sociedad
civil de todo el mundo hicieron campañas para denunciar y parar
la tecnología, por considerarla inmoral y un atentado a los derechos
de los agricultores de conservar y replantar las semillas.
Moratoria de facto
En 1999 el Panel de Expertos Eminentes sobre Etica en Agricultura y
Alimentación de la FAO declaró en forma unánime
que "las semillas Terminator son generalmente inmorales, encontrando
inaceptable que se comercialicen semillas cuya progenie no pueda ser
usada nuevamente por los agricultores, porque no puede germinar".
En 2000, el Convenio de Diversidad Biológica recomendó
a los gobiernos imponer una moratoria a los ensayos de campo y comercialización
de las Tecnologías de Restricción del Uso Genético
-nombre con el cual se engloba Terminator-, estableciendo así
una moratoria de facto.
Debido a la fuerte presión internacional, en 1999 Monsanto (que
luego vendió sus acciones en Delta & Pine) y AstraZeneca
se comprometieron a no comercializar la tecnología Terminator.
Harry Collins, director de D&P, después aclaró: "Siempre
continuamos el trabajo (con Terminator). Nunca lo paramos. Seguimos
moviéndonos para lograr su comercialización".
Aunque tiene una patente sobre toda la soya transgénica, Monsanto
está desesperada por aplicar esta tecnología, ya que no
puede controlar que los agricultores no reproduzcan su soya patentada,
sobre todo en Argentina, donde solamente 18 por ciento de los agricultores
le pagan regalías. El resto ve en Terminator una "patente
biológica sin fecha de expiración". Y nuevamente
está al ataque.
El corolario de la perversidad lo expresa otra vez Delta & Pine.
En la reunión del cuerpo técnico asesor del Convenio de
Diversidad Biológica, en febrero de 2005, repartió un
folleto a todo color en el que ahora afirma que Terminator es una "herramienta
para conservar la bioseguridad y la biodiversidad". Según
D&P, la biodiversidad se asegura porque los agricultores no pueden
volver a usar sus semillas, y obligados a usar nuevas variedades "aumentan
la diversidad". Agrega que con Terminator aunque los cultivos transgénicos
se crucen no volverán a germinar, y que esto es una forma de
"bioseguridad". Que los genes Terminator se desparramen entre
los cultivos tradicionales con efectos impredecibles no es tema para
D&P. Tampoco que, al ser una reacción en cadena, que necesita
un detonador externo, genes Terminator podrían estar presentes
y cruzándose en los campos de cultivo por varias generaciones
sin estar activados, como una bomba de tiempo.
Las empresas que contaminaron el maíz campesino y otros cultivos
ahora se presentan como salvadoras de la biodiversidad, cuando el problema
lo crearon ellas. Su "nueva" receta es de semillas suicidas,
y buscan terminar con los derechos de los agricultores.
Frente al atropello de quienes se creen dueños de la vida, organizaciones
internacionales, como Vía Campesina, Grain, ETC, PAN Asia, la
Red del Tercer Mundo, organizaciones indígenas de América
Latina y otras, formaron la campaña internacional Terminar Terminator
(www.banterminator.org), abierta a todas las organizaciones que quieran
sumar esfuerzos.
Silvia Ribeiro es Investigadora del Grupo ETC
Fuente: La Jornada