Asalto a la soberanía
alimentaria
Por Silvia Ribeiro
Los transgénicos son un verdadero
asalto de las corporaciones globales de agronegocios a la soberanía
alimentaria de todos los países. Un puñado de trasnacionales
controla el mercado mundial de semillas transgénicas y sus patentes,
tornando ilegales los derechos ancestrales de los campesinos y campesinas
a guardar y replantar semillas. A esto se suma la presión creciente
para adoptar tecnologías “Terminator” para hacer
semillas suicidas; el uso de cultivos alimentarios para producir sustancias
no comestibles -farmacéuticas, industriales, agrocombustibles-
contaminando y disputando la tierra a la producción de alimentos;
la amenaza de peces y ganado transgénicos. Los experimentos con
árboles manipulados genéticamente prometen un infierno
renovado, ya que además de invadir grandes extensiones con monocultivos
y aumentar la devastación de áreas ricas en biodiversidad,
provocarían contaminación durante décadas y a grandes
distancias.
Pese a las enormes cantidades de
dinero que las transnacionales dedican a la propaganda engañosa
y a comprar funcionarios y gobiernos para establecer leyes a su favor,
los diez primeros años de la comercialización de los transgénicos
en el mundo muestran que el avance ha sido lento y les ha costado más
de lo que las empresas nunca imaginaron. Aunque han logrado hacer mucho
daño, entre otras cosas, con la contaminación de variedades
campesinas, los juicios a agricultores contaminados, experimentos hasta
con bebés y el gran experimento general con la mayoría
de nosotros como consumidores involuntarios de transgénicos;
las transnacionales han perdido estrepitosamente la batalla moral y
de la opinión pública: nadie en todo el planeta -incluyendo
los funcionarios de las empresas y los gobiernos que los legalizan-
contestaría honestamente que prefiere comer transgénicos.
Más dependencia,
menos productividad, más agrotóxicos
Seis empresas controlan el negocio
de las semillas transgénicas: Monsanto, Dupont, Syngenta, Bayer,
Dow, Basf. Son también las seis mayores en el mercado mundial
de agrotóxicos. No sorprende, por tanto, que luego de diez años
de que comenzara la comercialización de transgénicos (en
Estados Unidos en 1996) solamente haya dos tipos de cultivos en el campo:
los que resisten los agrotóxicos de las propias empresas, -68
por ciento de las semillas cultivadas en 2006- y los cultivos insecticidas,
manipulados para expresar la toxina de la bacteria Bacillus Thuringiensis
(Bt) —19 por ciento de las semillas transgénicas en el
campo en el mismo año. El restante 13 por ciento, fueron cultivos
que tenían ambas características en la misma planta.
Aunque en Estados Unidos hay más
de 70 variedades de cultivos aprobadas para comercialización,
las siembras de escala en ese país y a nivel global durante estos
diez años fueron soja, maíz, canola y algodón,
principalmente para engordar ganado en los países ricos. Según
fuentes de la propia industria biotecnológica, hay 22 países
que han aprobado cultivos comerciales de transgénicos, pero sólo
14 de éstos plantan más de 50,000 hectáreas y en
realidad siguen siendo apenas 4 países -Estados Unidos, Argentina,
Canadá y Brasil- que cubren el 90 por ciento del área
mundial cultivada con transgénicos. A contrapelo de los datos
alegres de la industria, las estadísticas del Departamento de
Agricultura de Estados Unidos (abril 2006), muestran que los transgénicos
producen menos o igual que los cultivos convencionales, y que el uso
de agrotóxicos aumentó considerablemente en los diez años
pasados.
Semillas: llave de la cadena
alimentaria
En ningún otro rubro industrial
se registra una concentración corporativa tan marcada como en
el caso de las semillas transgénicas, donde una sola empresa
transnacional -Monsanto- controla casi el 90 por ciento de estas semillas
sembradas a nivel mundial. Con la adquisición de la empresa mexicana
Seminis en el 2005 y de la mayor algodonera del mundo -Delta & Pine
Land- en el 2006, Monsanto se convirtió en la empresa más
grande de semillas en general, no solamente transgénicas. Destronó
así a Dupont-Pioneer, que desde hacía años era
la mayor empresa semillera del globo, pero además, pasó
a dominar el mercado global de semillas de algodón y consiguió
meterse en rubros donde no tenía presencia o era muy débil,
como el de las frutas y hortalizas. Con la compra de Seminis, Monsanto
accedió al suministro de 3 mil 500 variedades de semillas a productores
de frutas y hortalizas en 150 países, controlando, entre otras,
el 34 por ciento de la venta de semillas para producción de chile,
31 por ciento de los frijoles, 38 por ciento de los pepinos, 29 por
ciento de los pimientos, 23 por ciento de los jitomates y 25 por ciento
de las cebollas.
El control de las semillas es un
objetivo claro de las transnacionales, porque quien las controla, tiene
la llave de toda la cadena alimentaria. Las semillas transgénicas
son el paradigma de este control corporativo, ya que además de
la fuerte concentración de mercado, también están
patentadas, lo que vuelve ilegal el derecho ancestral de los campesinos
y campesinas a guardar semillas y volverlas a plantar en la próxima
cosecha. Monsanto y otras empresas ya han ejercido legalmente esta violación
contra decenas de agricultores contaminados en Estados Unidos y Canadá,
a los que han demandado por “uso ilegal” de sus genes patentados.
Según un informe del Center for Food Safety de Estados Unidos,
al 2005 Monsanto ya había cobrado más de 15 millones de
dólares en 90 juicios de este tipo.
Terminator y sus clones
Aún así, las empresas
de agronegocios van por más, ya que aunque las patentes sean
una herramienta para su monopolio, les implica detectar el supuesto
uso “ilegal” y emprender juicios. Por eso idearon la tecnología
“Terminator”, para hacer semillas estériles en segunda
generación y automáticamente obligar a que todos deban
comprar semillas nuevas de las empresas para cada siembra. Este fenómeno
ya sucede mayoritariamente en Estados Unidos y otros países de
Norte (sin usar Terminator, solamente por haber impuesto híbridos
que no mantienen el nivel de producción después de la
primer cosecha). Esta dependencia con las semillas comerciales es lo
que obligó a los agricultores de ese país a seguir comprando
semillas transgénicas aunque rinden menos, son más caras
y usan más químicos: sencillamente no podían hacer
otra cosa. En el Sur en cambio, existen 1400 millones de campesinos
y campesinas que usan sus propias semillas para producir alimentos y
forrajes. Con la pinza de nuevas leyes de semillas, introducción
de transgénicos y como golpe final, Terminator, se amenazan las
formas de vida de esos campesinos y campesinas, para que nadie más,
ni en el Norte ni el Sur, pueda guardar sus propias semillas.
Luego de la primera versión
de Terminator, que fue patentada en 1998 en conjunto por el Departamento
de Agricultura de los Estados Unidos con la empresa Delta & Pine
(ahora en vías de convertirse en propiedad de Monsanto), surgieron
muchas otras versiones de esta tecnología suicida-homicida, desde
casi todas las empresas que producen agrotransgénicos, ya que
ese es el futuro que avizoran para aplicar a todos los transgénicos.
Una de las más recientes es producto de una investigación
patrocinada por la Unión Europea llamada “Transcontainer”,
que afirman no será para producir esterilidad en forma permanente
sino solamente para contener la contaminación transgénica,
ya que la fertilidad de la semilla puede ser restitutida posteriormente
por las empresas que la venden. Pero Transcontainer o Terminator, tanto
muerte como contaminación y cualquiera de sus versiones apuntan
de fondo a lo mismo: a que el oligopolio de empresas estadounidenses
y europeas pueda seguir esparciendo sus semillas manipuladas en los
campos, con garantías de mantener su monopolio, y que todos los
agricultores y campesinos tengan que ir a comprar semillas o pagarle
a las empresas para que les restituya la fertilidad.
Nos usan como conejillos
de Indias
Al contrario de lo que afirma la
industria biotecnológica de que no existen pruebas de los transgénicos
son malos para la salud, se van acumulando evidencias que muestran lo
contrario. Según detalla una reciente compilación de la
coordinación de la Red por una América Latina Libre de
Transgénicos, diferentes tipos de transgénicos probados
en ratones de laboratorio, producen desde alergias hasta reacciones
inmunológicas más serias, como mal funcionamiento o atrofia
de órganos internos, aumento de nivel de glóbulos blancos,
hemorragias, cambios genéticos y bioquímicos que los hacen
más susceptibles a enfermedades, en animales y plantas. Un estudio
ruso realizado por la Dra. Irina Ermakova de la Academia Rusa de Ciencias,
alimentando a grupos de ratas preñadas con harina de soya (unas
de forma convencional y otros de forma transgénica) mostró
que más de la mitad de las crías de madres que ingerían
transgénicos murieron rápidamente y las sobrevivientes
pesaban considerablemente menos. La lista ya es bastante extensa, pero
si no se conocen más evidencias de los daños que puede
provocar el consumo de transgénicos es porque ni la industria
ni los gobiernos los están buscando y tratan de ocultar los pocos
estudios independientes que logran salir a la luz.
Por otra parte, el uso intensivo
de agrotóxicos para los cultivos resistentes a éstos,
como en Argentina, Paraguay y Brasil, produce daños graves -y
hasta muertes, como el niño Silvino Talavera en Paraguay-a quienes
están expuestos en los campos, y a sus vecinos y zonas aledañas
a través de la contaminación área, de aguas y suelos.
Latifundios y agrocombustibles
transgénicos
En Argentina, el segundo país
productor de transgénicos en el mundo, estos cultivos, con su
demanda de inversiones para insumos y semillas más caras, así
como de superficies cada vez más grandes para la exportación,
han contribuido notablemente a consolidar una verdadera reforma agraria
a favor de los latifundistas, al provocar la desaparición de
un porcentaje importante de pequeños productores.
Recientemente el complejo industrial
de los agronegocios lanzó un nuevo embate que va en el mismo
sentido, ahora con la explosión de la promoción industrial
de los agrocombustibles, o sea cultivos como caña de azúcar,
soya y maíz para producir etanol y biodiesel. Para las industrias
es un golpe propagandístico, porque lo presentan como solución
“ambientalmente amigable” al cambio climático, pero
lo que buscan es un jugoso negocio, tanto por las subvenciones que prometen
los gobiernos, como porque la destrucción ambiental por extensión
de la frontera agrícola y la erosión de suelos, la sufrirán
los países del Sur, no las empresas ni sus países sede.
Las empresas que producen agro-transgénicos se han aliado a empresas
automovilísticas y a grandes distribuidores de granos que monopolizan
ese mercado, como Cargill, Bunge, Dreyfuss y Archer Daniel Midland,
para manipular genéticamente cultivos para la producción
de agrocombustibles, argumentando que solamente así serán
eficientes en la siembra y el procesado. No tienen bases reales para
proclamar tal cosa, pero eso no será óbice para que los
arrojen al mercado, disputando las tierras campesinas y que deberían
ser usadas para alimentos. De paso, esto aumentará en forma exponencial
los riesgos de la contaminación transgénica, porque las
nuevas manipulaciones vuelven los cultivos no comestibles.
La próxima etapa sobre la
que ya están avanzando las empresas, con el argumento de la producción
de nuevos combustibles y otros, va mucho más allá de los
transgénicos, para crear organismos vivos artificiales desde
cero. Le llaman “biología sintética” y sus
impactos son potencialmente mucho peores que los que ya han provocado
los transgénicos.
Sin embargo, pese a los constantes
y cambiantes ataques de las transnacionales para controlar las aspectos
básicos de la vida de todos, los campesinos y campesinas, indígenas,
pescadores artesanales, pastores y otras comunidades locales del mundo,
siguen teniendo en sus manos las semillas y conocimientos para poder
seguir produciendo alimentos sanos y cuidando las bases del sustento
de todos. Es tarea de todos y todas que así siga.
Por Silvia Ribeiro - Tomado de Biodiversidadla
26 de septiembre de 2008