¿Son seguros los
transgénicos?
Por Carmelo Ruiz Marrero
Quienes defienden los transgénicos
argumentan que no hay evidencia científicamente válida
de que hagan daño. ¿Existe tal evidencia o no? Esta pregunta
tiene sólo dos respuestas posibles, y ninguna de las dos trae
sosiego. O respondo que sí hay evidencia de daños o respondo
que no la hay. Podría responder de inmediato que sí, pero
para demostrar que es la pregunta incorrecta responderé de primera
intención que no.
¿A qué se debe la
controversia en torno a los alimentos genéticamente modificados,
también conocidos como transgénicos? ¿Son seguros
para consumo o no?
Quienes defienden los transgénicos
argumentan que no hay evidencia científicamente válida
de que hagan daño. ¿Existe tal evidencia o no? Esta pregunta
tiene sólo dos respuestas posibles, y ninguna de las dos trae
sosiego. O respondo que sí hay evidencia de daños o respondo
que no la hay. Podría responder de inmediato que sí, pero
para demostrar que es la pregunta incorrecta responderé de primera
intención que no.
Si no existe tal evidencia, todavía
el debate queda abierto, todavía no queda demostrado para nada
que sean seguros. Después de todo, ausencia de evidencia no es
evidencia de ausencia.
Quien esté tranquilo y satisfecho
con la aseveración de que no hay evidencia de daños está
presumiendo que alguien en alguna parte está haciendo o ha hecho
averiguaciones a respecto. Los defensores de los transgénicos
señalan, con un aire de finalidad como para poner fin al debate,
que la agencia estadounidense FDA, que vela por la inocuidad de medicamentos
y alimentos, declaró que estos productos son sustancialmente
equivalentes a sus contrapartes no transgénicos y que por lo
tanto no presentan ningún riesgo novedoso al consumidor.
Pero la FDA no examina los alimentos
transgénicos. Lo que hace es aceptar los datos que le someten
las compañías que los hacen. Casi todos los estudios que
someten son confidenciales. Si son tan seguros estos productos, ¿Por
qué la confidencialidad?
“El consultar la FDA sobre
la seguridad de alimentos transgénicos es un ejercicio puramente
voluntario, en el que la agencia recibe resúmenes sin datos y
conclusiones sin fundamento”, informa el investigador Jeffrey
Smith en su excelente libro 'Genetic Roulette' (Ruleta Genética).
“Si la compañía alega que sus alimentos son seguros,
la FDA no tiene más preguntas. Por lo tanto, se aprueban para
venta variedades transgénicas que nunca fueron alimentadas a
animales en estudios de seguridad rigurosos y probablemente nunca a
humanos tampoco.”
La FDA “depende casi totalmente de la notificación voluntaria
de las compañías de biotecnología”, advierten
los científicos húngaros Arpad Pusztai y Susan Bardocz.
La FDA “sólo acepta las aseguranzas de las compañías
de biotecnología de que su producto es seguro.”
Los defensores de los transgénicos
nos dicen que son los productos más minuciosa y exhaustivamente
examinados de toda la historia y hacen referencia a montañas
de estudios y datos a este fin. Pero cuando uno excluye los estudios
que son confidenciales entonces la pila se achica bastante. De la pila
que queda, la mayor parte consiste de estudios que si bien son minuciosos
fueron hechos para determinar variables agronómicas relacionadas
a la productividad y rendimiento, datos que no tienen ninguna utilidad
para determinar inocuidad. Una vez excluimos esos, la pila de estudios
y datos se achica más aún.
De los estudios que tienen alguna
relevancia a la salud humana, ¿Cuántos de estos son públicos
y no confidenciales? ¿Cuantos han pasado por el proceso de revisión
por los pares y sido publicados en la literatura científica?
Como que la pila sigue achicándose. Y de éstos, ¿cuántos
NO fueron financiados por la industria de biotecnología?
¿Quién puede creer
que la fuente de financiamiento de una investigación científica
no es de importancia? En un informe publicado en la revista Nutritional
Health, I. F. Pryme y R. Lembcke observan que los estudios científicos
sobre transgénicos que no son financiados por la industria tienden
a encontrar problemas con serias implicaciones para la salud humana,
mientras que los estudios financiados por la industria nunca encuentran
ningún problema.
De cualquier modo, ¿Qué compañía ha encontrado
algo malo con sus propios productos? ¿Cuántas décadas
pasaron antes de que la industria tabaquera admitiera tímidamente
que quizás podía existir alguna relación entre
su producto y el cáncer?
Sepan ustedes que los estudios
sobre transgénicos revisados por los pares y debidamente publicados
que tengan alguna relevancia a la salud humana son apenas más
de veinte. De estos, ¿Cuántos fueron realizados con sujetos
humanos? Uno solamente. Es realmente preocupante que se hayan comercializado
estos productos de manera masiva cuando la base de datos sobre su inocuidad
es tan diminuta.
Las pocas veces que datos confidenciales
sobre alimentos transgénicos han salido a la luz pública
éstos han resultado ser sumamente preocupantes.
El 22 de mayo de 2005 el periódico
inglés The Independent reportó la existencia de un informe
secreto de la compañía de biotecnología Monsanto
sobre su maíz transgénico Mon 863. Según el informe,
de 1,139 páginas, ratas alimentadas con este maíz por
trece semanas tuvieron conteos anormalmente altos de células
blancas y linfocitos en la sangre, los cuales aumentan en casos de cáncer,
envenenamiento o infección; bajos números de reticulocitos
(indicio de anemia); pérdida de peso en los riñones (lo
cual indica problemas con la presión arterial); necrosis del
hígado; niveles elevados de azúcar en la sangre (posiblemente
diabetes); y otros síntomas adversos. Portavoces de Monsanto
aseguraron que la compañía haría público
el informe, pero no lo hizo de buena gana, alegando "confidencialidad",
y al principio sólo publicó un sumario de once páginas.
No fue sino hasta que un tribunal alemán ordenó su divulgación
unos meses después que el texto entero fue hecho público.
Es importante señalar que esta importante información
es pública no por la buena fe de Monsanto sino porque algún
buen empleado con acceso a documentos confidenciales de la compañía
se tomó el riesgo de llevarla a la prensa. De no ser por este
héroe anónimo, todavía hoy seríamos felizmente
ignorantes sobre los efectos del Mon 863. Cabe preguntar entonces, ¿Habrá
otros transgénicos nocivos que la industria de biotecnología
nos está dando de comer a sabiendas de que son dañinos?
¿Qué más se
puede esperar de una compañía como Monsanto? El excelente
documental Le Monde Selon Monsanto (“El Mundo Según Monsanto”)
de la cineasta francesa Marie Monique Robin, muestra cómo esta
corporación ha pasado décadas negando responsabilidad
por los horrendos daños a la salud ocasionados por el Agente
Naranja, defoliante tóxico que ésta fabricó y que
se utilizó extensamente en la guerra de Vietnam.
También se presenta en el filme el caso del pueblo de Anniston,
en Alabama, EEUU, el cual sufrió por décadas de contaminación
de sustancias tóxicas conocidas como PCB vertidas por Monsanto,
contaminación que la compañía pretendió
encubrir. En el curso de la batalla que la comunidad de Anniston dio
en corte salió a luz un memorando interno de la compañía
que decía “No nos podemos dar el lujo de perder un solo
dólar de ganancia” (We can't afford to lose one dollar
of business).
En vista de estos hechos, ¿Qué
se puede esperar de esta compañía cuando nos asegura que
sus transgénicos son seguros? Robin y yo no criticamos a Monsanto
de manera arbitraria y gratuita. Es que la compañía tiene
90% del mercado mundial de cultivos transgénicos, por lo tanto
es sólo justo que reciba 90% de nuestras críticas.
Otro caso preocupante que demuestra que la FDA no está haciendo
nada en lo absoluto para asegurar la inoucuidad de los transgénicos
es el del guisante australiano. En 2005 un guisante transgénico
experimental desarrollado en Australia por la Commonwealth Scientific
and Industrial Research Organization provocó una fuerte reacción
inmunológica en ratas de laboratorio.
Científicos de la escuela
de investigación médica John Curtin en la ciudad de Canberra
sometieron el guisante transgénico a una batería de pruebas
de las que normalmente se hacen a medicamentos, no a alimentos. Las
ratas que ingirieron el producto mostraron cambios significativos en
sus sistemas inmunológicos y nódulos linfáticos.
Esto es más que suficiente para prohibir su consumo.
Hay que enfatizar que las pruebas
que realizaron los australianos no son requeridas por ley para alimentos
transgénicos en Estados Unidos. Este producto hubiera entrado
al mercado estadounidense si hubiera pasado por el sistema regulatorio
de la FDA. Por lo tanto, no nos sorprenda que productos transgénicos
igual o más nocivos que el guisante en cuestión pueden
estar en el mercado ahora mismo.
Igual o más interesante
que los resultados del experimento es el hecho de que los mismos científicos
que desarrollaron el guisante y realizaron el experimento no entendían
la importancia de lo que habían hecho. Las pruebas que habían
realizado nunca antes se habían hecho con alimentos transgénicos
y aún así ellos realmente estaban convencidos de que las
pruebas que habían hecho eran la norma en el resto del mundo.
Esto demuestra que los propios biotecnólogos- al menos la mayoría
de ellos- están sumamente desinformados sobre su propio quehacer.
En honor a la verdad, la FDA sí
examinó productos transgénicos, pero lo hizo una sola
vez, en 1992. En ese entonces determinó que estos alimentos son
perfectamente seguros y que al no presentar ningún riesgo nuevo,
no necesitan de pruebas adicionales.
La agencia se negó a hacer
públicos los documentos internos relacionados a estas pruebas,
lo cual provocó en 1998 una demanda de una coalición de
grupos de sociedad civil dirigidos por la Alliance for Biointegrity
exigiendo que se hagan públicos. El juez le dio la razón
a la parte demandante y como resultado se hicieron públicas sobre
44 mil páginas de documentos relacionados con las pruebas realizadas
sobre los transgénicos. Estos documentos enseñan que,
contrario a lo que decía la alta cúpula de la FDA, no
había ningún consenso entre los científicos de
la agencia en cuanto a la seguridad de los transgénicos, y que
varios de ellos expresaban serias preocupaciones sobre riesgos a la
salud.
Los documentos desclasificados
son interesantísimos y educativos. En uno de ellos, fechado 6
de marzo de 1992, el microbiólogo Louis Pribyl dice que “los
efectos involuntarios no pueden ser despachados tan fácilmente,
simplemente implicando que éstos también ocurren en la
crianza convencional. Hay una profunda diferencia entre los tipos de
efectos inesperados de la crianza convencional y los de la ingeniería
genética.” Por su parte, la oficial de cumplimiento Linda
Kahl advirtió en un memorando con fecha de 8 de enero de 1992
que al “tratar de forzar una conclusión final de que no
hay diferencia entre alimentos modificados por ingeniería genética
y alimentos modificados mediante prácticas de crianza tradicional
(la agencia está tratando de) meter una ficha cuadrada en un
hoyo redondo... Los procesos de ingenería genética y crianza
tradicional son diferentes y de acuerdo a los expertos técnicos
de la agencia, llevan a riesgos diferentes.”
Resulta que el oficial puesto a
cargo de la investigación sobre transgénicos no era científico
sino abogado, el licenciado Michael Taylor. Previo a su servicio público
representó a Monsanto. Y tras terminar su labor en la FDA volvió
al sector privado y llegó a ser vicepresidente de Monsanto. Es
un caso clásico de poner el cabro a velar las lechugas. En inglés
le llaman 'revolving door', el conflicto de interés creado por
el continuo movimiento de profesionales entre los sectores privado y
público.
Y el caso de Taylor no es nada
fuera de lo ordinario. Clarence Thomas, ahora juez del Tribunal Supremo
de EEUU, fue abogado de Monsanto, y el ex-secretario de defensa Donald
Rumsfeld fue por ocho años jefe de la farmacéutica Searle,
la cual Monsanto compró en 1985. Y Anne Veneman, la primera secretaria
de agricultura de la administración Bush-Cheney, había
estado en la junta de Calgene, empresa comprada por Monsanto en 1997.
La activista e investigadora Beth Burrows, fundadora del Instituto Edmonds,
dedicó años a investigar el 'revolving door' de la industria
biotecnológica pero eventualmente abandonó este esfuerzo
porque ella razonó que sería más provechoso hacer
una lista de los servidores públicos que NO estaban brincando
a las compañías de biotecnología.
En su tiempo en la FDA el supervisor
inmediato de Taylor era James Maryanski, quien fue confrontado por Robin
en su documental. El pobre, sin duda sintiéndose emboscado, murmuró
algunos argumentos cantinflescos a la vez que admitía que efectivamente
había disidencia entre los científicos de la agencia en
torno a la inocuidad de los transgénicos. Pero aún así
se les aprobó, en contra del propio reglamento de la FDA.
Podría hablarles de muchas
otras instancias que demuestran que las preocupaciones acerca de la
inocuidad de los transgénicos, como las papas de Pusztai, la
tragedia del triptófano, el fiasco de la hormona transgénica
rBGH, las ratas de Ermakova, el testimonio de Kirk Azevedo, y muchas
más, están bien fundamentadas. Pero por la cuestión
de la brevedad, vayamos directo al argumento de remate: el etiquetado.
Si estos alimentos son tan seguros,
¿por qué se opone la industria a que vayan etiquetados
para que los consumidores puedan identificarlos y usar su criterio para
decidir si los quieren comprar o no? Los argumentos de las compañías
en contra del etiquetado no son ni remotamente convincentes. Simplemente
no confían en su propio producto y tampoco confían en
la inteligencia del consumidor. Quizás se oponen porque sin etiquetado
no puede haber trazabilidad, y sin trazabilidad no se puede asignar
responsabilidad si alguno de estos alimentos transgénicos resulta
tener efectos imprevistos.
Las denuncias y cuestionamientos
aquí presentados no constituyen oposición a toda biotecnología,
como creen erróneamente algunos. Es simplemente un reclamo de
que se salvaguarde la ecología, la salud humana y el interés
público en el desarrollo de esta y cualquier otra nueva tecnología.
Los biotecnólogos no tienen por qué considerar inoportunos
los planteamientos aquí expuestos, si son los mejores intereses
de la humanidad lo que les motiva. Si lo que les motiva es el lucro
y la ambición entonces se puede entender su molestia.
REFERENCIAS:
Cummins, Claire. “Uncertain
Peril: Genetic Engineering and the Future of Seeds”. Beacon Press,
2008.
Robin, Marie Monique. Le Monde Selon Monsanto. http://www.arte.tv/lemondeselonmonsanto
Smith, Jeffrey. “Genetic Roulette: The Documented Health Risks
of Genetically Engineered Foods”
Traavik, Terje & Lim Li Ching, editores. Biosafety First: Holistic
Approaches to Risk and Uncertainty in Genetic Engineering and Genetically
Modified Organisms” Tapir Academic Press, 2007.
Washington Post. “Monsanto hid decades of pollution” 1 de
enero 2002.
Ruiz Marrero es periodista y educador ambiental, autor del libro “Balada
Transgénica” y director del Proyecto de Bioseguridad de
Puerto .
Fuente: http://www.biodiversidadla.org/content/view/full/43765