Impactos
de casi una década de cultivos transgénicos
Moratoria a nuevos
eventos
Por Fernando Queirós - Marzo 2007
El pasado 29
de enero el Poder Ejecutivo decretó la suspensión por
18 meses del ingreso de nuevos organismos genéticamente modificados
de origen vegetal. Desde 1999 se están desarrollando en Uruguay
cultivos transgénicos: la soja Roundup Ready (RR) y dos variedades
de maíz: BT Mon 810 de la empresa multinacional Monsanto, aprobado
en junio de 2003 y el BT 11, aprobado en abril de 2004 perteneciente
a la empresa Syngenta. Es hora de intentar un balance de sus impactos.
La soja transgénica
fue introducida en el país en 1999 sin que la sociedad tuviera
tiempo a debatir sobre sus consecuencias, ni tampoco hiciera una evaluación
de sus impactos.
Para obtener esta soja RR Monsanto
incorporó a la planta original genes de una bacteria (patógena
para las plantas), de un virus (que produce una enfermedad en el coliflor)
y de la flor de Petunia, los cuales le dan la resistencia al herbicida
Roundup, que es producido y comercializado por la propia Monsanto.
De las 18.000 hectáreas que
se cultivaron en 2001 se pasó a cerca de 400.000 hectáreas
en 2006. De acuerdo al Instituto Nacional de Semillas (INASE), la totalidad
de la semilla de soja que se encuentra en el mercado es transgénica
(46 variedades autorizadas); si algún productor quiere sembrar
soja no manipulada genéticamente no encontrará las semillas
en el mercado nacional.
El maíz BT Mon 810 se aprobó
con la opinión contraria y la protesta de varias organizaciones
gremiales de productores, de la sociedad y de la Facultad de Agronomía,
que realizó un informe detallado. Este maíz presenta efecto
insecticida frente a un gusano, a través de una toxina producida
por una bacteria que la planta tiene incorporada artificialmente.
El maíz BT 11, que también
tiene un efecto insecticida muy similar al Mon 810, es tolerante al
herbicida “glufosinato de amonio”, cuyos nombres comerciales
son Basta, Digital, Liberty y Finale entre otros. También ingresó
al país sin conocimiento de la sociedad civil.
A setiembre de 2006, y según
el Registro Nacional de Cultivares, Cultivos de Verano, había
100 cultivares de maíz autorizados a comercializarse para grano,
de los cuales 54 son transgénicos, más específicamente,
45 son Mon 810 y nueve son Bt 11, lo que representa más de la
mitad de la oferta semillera de maíz de todo el país.
No se registran transgénicos en el caso de sorgo (forrajero,
silo y granífero) y girasol. Se estima que en la siembra 2006
de maíz, el 40 por ciento es transgénico.
Algunos sectores, como los cultivadores
de arroz, han decidido por voluntad propia no utilizar transgénicos
para preservar la calidad de su producto y no tener problemas a la hora
de comercializarlo en el mercado internacional. Los productores ganaderos
de carne "natural" u "orgánica" observan
con preocupación la proliferación de transgénicos
ya que pone en riesgo sus exportaciones de carne.
Un decreto de los Ministerios de
Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP) y Vivienda, Ordenamiento
Territorial y Medio Ambiente (MVOTMA) de agosto de 2006 suspendió
el uso, producción y comercialización de semilla de maíz
dulce transgénico. Ambos ministerios justifican la suspensión
en la vulnerabilidad particular de los sectores de agricultura familiar
que desarrollan sistemas de producción hortícola.
¿Qué nos dejan siete
años de cultivar soja transgénica en términos de
impacto ambiental, de salud y social?
Impactos ambientales
El paquete tecnológico de
los transgénicos, llamado también segunda Revolución
Verde o Revolución de la Ingeniería Genética, es
simplemente una profundización de las bases sobre las que se
desarrolló la Revolución Verde: monocultivo, uso intensivo
de agrotóxicos, fertilizantes de síntesis química,
industrialización del campo, dependencia de las grandes corporaciones
y cultivos para exportación.
Cuando se introdujo esta tecnología
(la transgenia), la recomendaron como un modelo que usaría menos
insumos. Todos hemos escuchado alguna vez que los transgénicos
son inocuos y están sujetos a regulaciones muy estrictas, que
son buenos para la biodiversidad, incrementan la producción y
reducen el uso de agrotóxicos y fertilizantes e incluso que servirán
para acabar con el hambre en el planeta. Sin embargo, un recorrido por
las investigaciones más sobresalientes y por los acontecimientos
de los últimos años en este campo, nos conduce hacia otro
tipo de conclusiones bastante diferentes.
En caso de la soja RR resistente
al glifosato -el herbicida más vendido en el mundo- existen muchos
problemas por su uso masivo. Es un herbicida sistémico (se traslada
por el interior de la planta), de amplio espectro, que actúa
en post-emergencia, usado para matar plantas no deseadas, como pastos
anuales y perennes, hierbas de hoja ancha y especies leñosas.
En Argentina las aplicaciones pasaron
de 2 a más de 8 litros por hectárea, y en algunos sitios
se llega a los 10 litros . Un dato no menor es que en 2006 se sembraron
16 millones de hectáreas de soja. Como consecuencia de esta aplicación
masiva ya se reportan malezas que han resistido las aplicaciones, por
tanto ahora ellas también son inmunes a este producto. En estos
casos se aplica otro herbicida que “combata” estas plantas
resistentes, ingresando otra vez en un espiral de aplicación
de productos más tóxicos y con mayor impacto en el ambiente.
En Uruguay se registra un aumento en el uso de los agrotóxicos,
particularmente herbicidas e insecticidas, asociados al cultivo de soja
y la siembra directa.
En el caso de los herbicidas, gran
parte del aumento se debe al glifosato. Se puede estimar que el 55,5
por ciento de las 9.754 toneladas de agrotóxicos importadas en
2006 corresponde a este herbicida (5.457 toneladas).1 También
se produjo un aumento en el uso de insecticidas muy tóxicos como
Lorsban, Endosulfan y Cipermetrina que se aplican al cultivo de soja
para el control de lagartas y chinches, todos ellos con connotaciones
muy negativas para el ambiente y la salud del aplicador y los consumidores.
Cabe acotar que el herbicida Roundup
tiene efectos en la vida del suelo, es altamente soluble en agua por
lo que una parte importante termina en ríos, arroyos, tajamares
y es 100 veces más tóxico para peces que para animales
de sangre caliente.
Pero el aumento en el uso de fertilizantes
también está perturbando los ecosistemas costeros, ríos,
cañadas, embalses, tajamares, produciendo peligrosos florecimientos
de algas verdes o la muerte de peces.
La soja implica un gravísimo
problema ambiental para los ecosistemas en los que se implanta, provocando:
pérdida de biodiversidad, contaminación de alimentos por
agrotóxicos (herbicidas, insecticidas, funguicidas), empobrecimiento
de los suelos en términos de fertilidad, muerte de micro y macroorganismos
del suelo por la aplicación continua de agrotóxicos, contaminación
de cursos de agua superficiales y sub-superficiales por agrotóxicos,
resistencia de malezas al herbicida glifosato, destrucción de
organismos benéficos (abejas, avispas, insectos controladores,
etc), reducción del monte nativo y el aumento de las escorrentías
superficiales debido a la falta de vegetación natural que oficia
de barrera para disminuir la velocidad del agua.
Estos mismos impactos se pueden
atribuir a otros cultivos transgénicos que se realizan en el
país, como el maíz Mon 810 y el Bt 11, sumado los efectos
de los residuos de la toxina de la bacteria Bacillus thuringiensis en
el suelo y los alimentos.
Otro impacto en los recursos naturales
es que para producir alimentos se necesita consumir agua. El comercio
agrícola mundial puede también ser pensado como una gigantesca
transferencia de agua, en forma de materias primas, desde regiones donde
se la encuentra en forma relativamente abundante y a bajo costo, hacia
otras donde escasea, es cara y su uso compite con otras prioridades2.
En el caso de la soja, por ejemplo, para producir entre 5 y 11 Kg de
grano se necesitan aproximadamente 10 m3 de agua (10.000 litros).
En lo que se refiere a extracción
y transferencia de recursos naturales, la soja es un cultivo que demanda
gran cantidad de nutrientes, entre ellos nitrógeno y fósforo,
que se reponen artificialmente con recursos finitos y cada vez más
caros. O sea que cuando estamos exportando soja también deberíamos
contabilizar las toneladas de nitrógeno, fósforo y otros
macro y micro nutrientes que se van con la leguminosa.
Otra característica a tener
en cuenta es que la expansión del complejo sojero está
acompañada por un aumento importante de la logística y
el transporte (hidrovías, autopistas, ferrovías y puertos)
que impactan sobre los ecosistemas, pueblos y ciudades y destruyen grandes
áreas de hábitat naturales, además de la deforestación
de especies nativas causada por la expansión de tierras para
el cultivo.
La práctica predominante
de aplicar herbicida en toda la superficie en forma continua, trae como
una de sus consecuencias la ausencia de malezas o plantas espontáneas
o yuyos en floración. Los insectos benéficos como predadores
de plagas, parasitoides, polinizadores que requieren polen y néctar
para vivir en el agroecosistema, ven muy reducida la posibilidad de
encontrar plantas en floración y por tanto se compromete su supervivencia.
Otro perjuicio de la reducción
de los enemigos naturales es el aumento de las plagas que conduce al
espiral de mayor uso de insecticidas. Los apicultores ven disminuida
la producción de miel por falta de plantas en floración
y por el uso de agrotóxicos (muerte de las abejas). A su vez,
tienen problemas en la comercialización internacional de la miel
y sus derivados por presencia de residuos de agrotóxicos y genes
extraños.
Impactos en la salud
El notable aumento en la aplicación
de agrotóxicos en el cultivo de soja, herbicidas, insecticidas,
funguicidas, curasemillas provoca uno de sus mayores impactos en la
salud humana. Algunos de los riesgos que presentan estas sustancias
químicas son: toxicidad aguda y crónica, efectos cancerígenos
y reproductivos, afectación del sistema inmunitario, acción
mutagénica y contaminación de alimentos.
Recientes estudios toxicológicos
conducidos por instituciones científicas independientes parecen
indicar que el glifosato ha sido erróneamente calificado como
"toxicológicamente benigno" o “amigable ambientalmente”
o “que toca el suelo y se degrada”. En realidad, este producto
puede ser altamente tóxico para animales y humanos. Por ende,
los herbicidas a base de glifosato presentaron efectos adversos en todas
las pruebas toxicológicas de laboratorio, en la mayoría
de las dosis ensayadas: toxicidad subaguda, aguda, crónica y
carcinogénesis.
Si bien la Comisión Europea
lo clasifica como "tóxico para los organismos acuáticos"
y que puede "acarrear efectos nefastos para el ambiente a largo
plazo", un equipo de investigadores franceses demostró que,
además, el "glifosato, provoca las primeras etapas de la
cancerización" en las células. Dicha investigación
fue dirigida por Robert Bellé, científico francés,
perteneciente al Centro Nacional de Investigación Científica
de la Universidad Pierre y Marie Curie, en Francia.
Hasta el advenimiento de los cultivos
transgénicos tolerantes al glifosato, el límite máximo
de glifosato residual en soja establecido en Estados Unidos y Europa
era de 0,1 miligramos por kilogramo. Pero a partir de 1996, estos países
lo elevaron a 20 mg/kg, un incremento de 200 veces en relación
con el límite anterior. Semejante aumento responde a que las
empresas productoras de glifosato están solicitando permisos
para que se apruebe la presencia de mayores concentraciones de glifosato
en alimentos derivados de cultivos transgénicos. Monsanto, por
ejemplo, ya fue autorizado para un triple incremento en soja transgénica
en Europa y Estados Unidos: de 6 partes por millón (ppm) a 20
ppm3.
Otro riesgo para la salud humana
es que la mayoría de los genes sintéticos usados para
crear los transgénicos son copias de los procedentes de bacterias
y virus que causan enfermedades. También tienen marcadores de
genes resistentes a antibióticos que ayudan a ubicar las inserciones
de los genes extraños y seleccionan las células precisas
en las cuales deben insertarse.
Los peligros surgen cuando el material
genético persiste, incluso después de la muerte de las
células o del organismo y puede ser tomado por una bacteria o
virus que se encuentre en el ambiente o en el ser humano. Este proceso,
llamado transferencia horizontal de genes y recombinación, es
la principal ruta para crear patógenos peligrosos.
Algunas de las consecuencias debido
al consumo de transgénicos respecto a la salud humana ya se conocen,
y es muy probable que en el corto a mediano plazo se constaten otros
impactos o daños a la salud que aún no se han identificado.
Las consecuencias ya detectadas son: alergias, resistencia a antibióticos,
alimentos prohibidos para consumo humano (maíz StarLink), alimentos
contaminados con herbicida glifosato.
Otro punto muy importante a tener
en cuenta es el consumo de esta leguminosa por estas latitudes. Es necesario
aclarar que casi todo lo que comemos hoy en día tiene soja, más
concretamente lecitina de soja: los embutidos, mayonesas, los fiambres,
chocolates, pastas rellenas, alfajores, galletas, las golosinas, los
helados, los postres, jugos, flancitos y yogures, las harinas enriquecidas
con soja, los aceites, esto es, casi todo. La lista es muy larga y ahora
se pretende modificar nuestros hábitos alimentarios, tratando
de convencernos de las supuestas bondades de la mal llamada "leche
de soja" y de las milanesas de soja, para reemplazar a la leche
y la carne vacuna. Se pone como ejemplo el consumo milenario de soja
por algunas culturas orientales, sin mencionar que ésta es transgénica
y el consumo y su preparación en esos lugares es diferente. No
se toman en cuenta los efectos adversos que ésta puede causar
cuando es ingerida sin conocimiento como sustituto de proteínas
animales.
El “mito de la soja”
desconoce que contiene factores tóxicos o antinutrientes que
limitan la absorción de una serie de nutrientes, reduciendo en
más de un 50 por ciento su valor nutritivo y provocando, entre
otras cosas, trastornos digestivos. Este es uno de los muchos perjuicios
o contraindicaciones que podemos citar.
Impacto Social
En varios países se ha
demostrado que estos cultivos pueden tener un impacto económico-social
negativo, por ejemplo desplazamientos territoriales y desempleo.
En Uruguay, las estimaciones indican
que entre un 50 y un 70 por ciento de la tierra dedicadas a la soja
está en manos de extranjeros, mayormente argentinos. Las mismas
fuentes coinciden a su vez en que esta oleaginosa le ha ido ganando
espacio a campos ganaderos, lecheros del centro y litoral del país
y a otros cultivos como girasol, sorgo y maíz.
Al requerir menos mano de obra por
mecanización intensa de las tareas, el cultivo de soja ha desplazado
y expulsado a muchos agricultores pequeños y asalariados agrícolas.
Actualmente la ecuación económica
en el país da como resultado valores positivos de rentabilidad,
(aproximadamente 200 dólares libres por hectárea de soja),
lo que provoca un incremento constante del área cultivada. Como
se dijo anteriormente, estos números no toman en cuenta los “otros
costos”: sociales, sanitarios y ambientales que provoca este cultivo.
El actual sistema agrícola
está basado en el monocultivo, en el negocio agrodestructivo
y en el agotamiento de la fertilidad de nuestras tierras, mientras la
riqueza mineral y el agua es transferida, a través del poroto
de soja, a las vacas europeas.
Enviamos materias primas para engordar
el disparatado sistema de producción europeo y asiático,
mientras desplazamos de nuestras tierras otros cultivos que permitirían
poner alimentos de mejor calidad a disposición de nuestra población.
El resultado final es la pérdida de nuestra soberanía
territorial y alimentaria.
Por tanto, menos diversificación,
menos valor agregado, significan menos trabajo, menos riqueza, menos
progreso real, menor equidad y mayor concentración.
Los transgénicos están
en nuestros campos, en nuestra mesa, en los combustibles para automóviles
y maquinaria agrícola, en cualquier supermercado. Ningún
organismo estatal advierte sobre esta contaminación genética
invisible e irreversible, de imprevisibles efectos, impuesta sin la
necesaria reflexión y debate en una materia trascendental para
la supervivencia humana como es la alimentación y la salud ecosistémica.
En definitiva y de nuevo, el ambiente,
“la pachamama” no ha ganado nada con la introducción
de dichos cultivos, pero sí lo han hecho otros ...
La moratoria actual respecto a nuevos
cultivos transgénicos debe dar lugar al debate, a la reflexión
y evaluación respecto a los impactos en el ambiente, en lo productivo,
en lo social y en la salud, luego de casi una década de plantar
estos vegetales. Así mismo, debemos tomar posición acerca
de qué alimentación, qué agricultura, qué
comercio queremos para nuestra población actual y futura.
* Ingeniero Agrónomo
NOTAS
1 DGSA, MGAP
2 Pengue, 2006
3 Kaczewer, 2007